Medir el tiempo

La manera de contar los días, los meses y los años nos revela muchas cosas sobre una sociedad. Hace más de cuatro meses que los occidentales iniciamos un nuevo año, sin embargo existen lugares en el planeta donde el fin de año todavía no ha llegado. Para los chinos, el nuevo año, el de la Serpiente, llegó el pasado 10 de febrero y para hindús o persas hace apenas un mes. El mundo está lleno de calendarios diferentes, de diversas maneras de ver el mundo y de medir la realidad. Los calendarios son instrumentos que recogen mucho del patrimonio cultural de una sociedad. El término calendario, tiene su origen en la antigua Roma. La fecha era el primer día del mes lunar romano, día de pagos, en que llegaban los contadores a cobrar, con el calendarium en la mano. La palabra, almanaque, sin embargo, tiene su origen en el desierto. En árabe antiguo significa “encima de la caravana”. Los nómadas que iban de ruta, paraban lasa caravanas de camellos con los que viajaban, para consultar los astros y guiarse por el camino. El proceso que llevó a medir el tiempo en doce tablas de casillas numeradas, tal y como conocemos los calendarios actuales, ha sido largo y controvertido. La historia de los calendarios está plagada de curiosidades y anécdotas.El primer almanaque es consecuencia del interés de los hombres por la luna. Uno de los primeros calendarios de la historia data de hace más de 13.000 años y se cree que lo realizó un cromañón que habitaba en la hoy conococemos como Dordoña francesa. Se ha elucubrado que debió darse cuenta de que los cambios en la fase de la luna eran fijos y predicibles. Tras este descubrimiento, decidió medir el tiempo y hacer una marca cada noche sobre un hueso de águila, creando grupos de siete que reflejaban el transcurso de los días entre cada fase lunar. La mayoría de las culturas antiguas confiaban plenamente en la Luna y se guiaban por los doce meses lunares de 29 días. Esto hacía que los calendarios se avanzasen cada año casi 11 días, un desajuste que en pocos lustros alteraba las estaciones. Una situación insostenible sobre todo para los campesinos, que dependían de él para sembrar y recoger sus cosechas. La civilización egipcia fue la primera en corregir el error del calendario lunar. Gracias al Nilo, observaron que el río marcaba las tres estaciones de la vida según su civilización, la riada, la plantación y la recogida. Observaron que estos ciclos eran regulares y duraban 365 días que coincidía con la aparición del astro Sírio en el año Solar. Organizaron el año en doce meses de 30 días y el año empezaba al final de verano, con las primeras lluvias. El primer “borrador” de nuestro calendario actual surgió como consecuencia de la historia de amor entre Cleopatra y Julio Cesar. Hasta entonces los romanos se regían por un calendario lunar de diez meses que empezaba en marzo. Julio César, que fue la persona más poderosa de todo Occidente, adoptó la idea egipcia del calendario solar. La aportación de Julio Cesar fue establecer los años de traspaso, cada cuatro años, para recuperar el cuarto de día que se perdía en el calendario de cada año. Lo que hoy en día conocemos como año bisiesto. En China, desde el mes de febrero pasado, viven el año de la Serpiente, símbolo de sabiduría y prudencia. Fue el emperador Huandgdi, quien en el 2698, antes de la era cristiana, empezó a medir el tiempo en ciclos de sesenta años divididos en períodos de doce, cada uno asociado a un animal del zodíaco chino. Con el paso del tiempo, los astrónomos chinos perfeccionaron ese primitivo calendario lunar hasta convertirlo en lunisolar. El año chino empieza con la segunda luna nueva después del solsticio de invierno y, como que sigue el ciclo de la luna, cada dos o tres años le añaden un mes más. Fraccionan el día en 24 horas, pero lo dividen en doce partes de dos horas (schi) que constan de ocho cuartos (Ko) que se componen de quince minutos (feu).